Y confieso que me estaba muriendo de nervios. Estábamos sentados en la banca. Juntitos. Y fue cuando le tomé la mano.
Y confieso que desde la primera vez que la vi, entrando por la puerta de la escuela con su vestido verde a cuadros, fue cuando supe lo que era suspirar. Y que cuando se sentaba en las sillitas del preescolar yo me sentaba detrás, para poder ver sus coletas moverse cada vez que le decía a la maestra que no sabía una respuesta.
Y confieso que fui yo el que le puso un sapo en su lonchera. Fue la primera vez que hice un regalo para alguien especial. Tardé casi dos días en cazarlo, pero al final atrapé al más gordo y grande. Sólo lo mejor para ella.
Y confieso que fui yo el que dibujaba su cara, y otras cosas, en mis cuadernos rayados de geografía. Y que acabé reprobando por no tener apuntes. El profesor nunca entendió que es difícil pintar a la niña perfecta y cuando no sale bien a la primera, hay que arrancar la hoja y quemarla.
Y confieso que fui yo el que esperaba fuera de su casa, cada jueves, para poderla ver en su vestido de flamenco. Y que intenté seguir el coche de su padre mil o un millón de veces para saber dónde era su clase. Pero nunca corrí lo suficientemente rápido, para cruzar el semáforo de dos cuadras adelante.
Y confieso que intenté muchísimo evitar reírme cuando un día llegó con brackets a la plaza, pero todos reían tan fuerte, que acabé riéndo de nervios aún más ruidosamente que todos. También confieso que fui el cobarde más grande al no ir a abrazarla cuando estaba llorando en la esquina, junto a los árboles de eucalipto.
Y confieso que la primera vez que dije groserías, ésas que se dicen con odio, fue en secreto hacia aquél primer novio que tuvo. El tarado aquél que iba tres años arriba que yo. Y yo no entendía cómo se puede odiar a alguien que te ha robado lo que nunca ha sido tuyo.
Y confieso que intenté mejorar mis pasos de baile en el espejo de mi casa la primera vez que supe que íbamos a coincidir en una fiesta. Y, es cierto, no mejoraron mucho. Pero aunque no logré captar su atención, sí la de dos amigos que bautizaron mi movimiento arrítmico como el baile del avestruz.
Y confieso que hubo casi dos meses de mi vida en los que creí que podía ser poeta. Y que a pesar de que la rima asonante y la métrica libre me ayudaban a que morena rimara con sirena, nunca hubiera podido publicarlos. Cuando se tiene demasiado sentimiento es imposible ponerlo en un papel y que suene a canción.
Y confieso que me sentí tremendamente mal cuando me rechazó para ir a tomar un chocolate caliente aquella fría mañana de noviembre. Y no creo que nadie sea alérgico al azúcar.
Y confieso que mi primera novia fue casi tan bonita como ella. Pero que siempre que la veía soltaba la mano de mi chica instintivamente. Tal vez ese detalle fue la razón por la que me dejó.
Y confieso que metí dos clases de apreciación artística contemporánea en la universidad sólo para estar de nuevo en la escuela con ella. Para sentarme detrás y ver su cola de caballo moverse cada vez que no sabía que la corriente del bauhaus no está presente en los performances chilenos del siglo XX.
Y confieso que casi lloré cuando el amigo de la prima de su vecina me contó que se iba a mudar de ciudad. Que porque necesitaba acabar sus estudios en aquella provincia desértica que había olvidado el agua.
Y confieso que era yo el que vagaba por su antigua calle, cada jueves, e intentaba llegar a la academia de baile, que quedaba muy cerca del cruce que nunca pude pasar diez años antes. Y que cada vez que veía alguien bailar flamenco se me llenaba el pecho de mariposas.
Y confieso que mi corazón se rompió en seis o siete partes cuando me llamó para decirme que se casaba a mediados de septiembre. Y confieso que fui a su recepción por puro compromiso. Y que no estaba tan borracho en la boda, sólo posaba para que la gente creyera que me la estaba pasando bien.
Y confieso que me enamoré perdidamente tres meses después de que ella regresó de su luna de miel. Mi futura esposa fue perfecta para olvidarme de ella todos esos años. Incluso cuando me la topé en aquella reunión de exalumnos, no solté la mano de mi pareja.
Y confieso que una sonrisa malévola se me escapó cuando me llegó el chisme de que se había ido a vivir un tiempo con su madre.
Y confieso que cuando recogíamos a nuestros respectivos hijos del fútbol siempre creía que podría haber parido críos un poco menos pelirrojos si los hubiera tenido conmigo. Sin embargo, cuando la veía platicar con ellos, yo sonreía recordando la vez que me dije a mi mismo que siempre sabría que sería una estupenda madre.
Y confieso que fue muy extraña esa tarde de vacaciones en la que nuestras familias coincidieron en aquella playa caribeña. Hubiera ayudado un poco el hecho de que su esposo no hubiera estado en el casino, sus hijos en la alberca y los míos jugando volleyball con mi esposa. Pero fue una puesta de sol que recordaré por siempre, ahí, sentados uno junto al otro. Contemplando el naranja y el rosa del cielo.
Y confieso que la abracé un poco más de lo debido cuando se apareció en el funeral de mi esposa. No puedo decir ahora si fue la tristeza o la libertad de abrazarla diferente. Pero lo confieso.
Y confieso que era yo el que vagaba con mi bastón, el que ayudaba a nivelar mi rodilla mala, por aquella calle donde ella solía salir cada jueves con su vestido de flamenco. Y me reía mucho. A ese paso nunca hubiera alcanzado el coche de su padre.
Y confieso que me llevé una foto suya al asilo. Una de cuando salíamos en la universidad con todos los de la facultad de periodismo. No sonreía en la foto, pero se le veía que quería sonreír.
Y confieso que intenté esconderme el día que se apareció ella en el mismo asilo. No quería que me viera de aquella manera. Quería que ella me recordara como antes, no con ese cuerpo lleno de pellejos donde no van y de huesos saliendo de lugares ilógicos.
Y confieso que ella fue la que se acercó a mi un día y me preguntó si no la reconocía. Y confieso que me hice el loco por un segundo, haciéndome el interesante, pero que al final le dije que tenía un vago recuerdo de quien era ella.
Y confieso que cuando ella salía a tomar el sol a las sillas, yo me sentaba detrás para ver su chongo moverse cada vez que daba una negativa a una oferta de chocolate caliente. Y confieso que me hice ilusiones de que en realidad fuera alérgica al azúcar.
Y confieso que esa tarde que todos se habían ido a tomar la siesta, y estaba aquél sol poniéndose cada vez más, fue cuando me armé de valor y me senté a su lado. Y confieso que me estaba muriendo de nervios. Estábamos sentados en la banca. Juntitos. Y fue cuando le tomé la mano.
Y confieso que viví enamorado
Venciendo al sistema del sobreequipaje en las maletas
Doy gracias a la crisis, que nos ha dado tanto, nos ha dado la vida, nos ha dado el llanto. Y a las aerolíneas, una razón máś para bajar sus restricciones de peso.
En vuelos trasatlánticos hay, por lo general, un límite de 35 kilogramos (en total, no por maleta), mientras que en los regionales, aunque sean entre países europeos, el límite es 20 kilogramos totales. Y realmente no es nada. 10 kilogramos son un abrigo corto, dos camisas, unos pantalones, cinco pares de calcetines y cinco de ropa interior, más unos zapatos. Alguien que se va un año, dos o más a otro país, tiene un grave problema con estas restricciones.
Los precios de los sobreequipajes van desde 10 euros por kilo extra, hasta los 25. Aún en el mejor de los casos, alguien que lleva unos zapatos extras y dos suéteres de más, está pagando tal vez 30 euros por relativamente poca cosa...
Una solución rápida es mandarlo por paquetería. Pero aunque se ahorra el 50% del precio comparado con el sobreequipaje, lo que se busca es no pagar nada. Y el truco está en el equipaje de mano. El sistema se vence así.
1. Las dimensiones en centímetros máximas de las piezas de mano son 55 x 40 x 20. En teoría. Porque los "medidores" de metal para que uno meta su maleta y vea si realmente es "de mano" (normalmente están en frente de los mostradores donde se hace la facturación) miden un poco menos, así que nunca, nunca, nunca hay que meterlas ahí. Ahora, si la maleta es un poco más grande (no mucho más, pero unos 2 o 5 centímetros extras), el chiste es hacerse el inocente y llegar al avión con ella. No la podremos llevar encima de nosotros, pero se la llevarán al "almacén" del avión gratis. Lo repito: gratis.
2) La gran mayoría de las aerolíneas permite entre 8 y 12 kilos de equipaje de mano. Pero rara vez lo pesan. Uno puede arriesgarse a meter la chamarra extra adentro, y en el peor de los casos, sacarla y llevársela puesta. Aunque no querremos agotar este recurso, ya que hay algo aún mejor que hacer con los abrigos bultosos.
3) Las aerolíneas además de la maleta dejan llevar un abrigo en la mano. Pero si utilizamos el truco de la cebollita, es decir, el truco de meter unos cuatro abrigos o suéteres uno dentro del otro, parecerá que llevamos un abrigo de piel para Siberia, pero no nos podrán decir nada y al final nos estaremos ahorrando unos 10 kilos nada despreciables. Es algo incómodo ir cargando con tanto abrigo en la mano, pero con una correa de las que sirven para dar refuerzo a las maletas y cerrarlas mejor, podemos hacer una especie de hatillo con todo.
4) La otra pieza que se puede llevar es un maletín de laptop. Es totalmente independiente de la maleta de mano. El chiste está en conseguir una mochila de laptop. Así tendremos espacio extra para esos calcetines o guantes que necesitamos. Aquí el peso no importa, así que libros o demás que uno traiga siempre es mejor llevarlos con el portátil. Cansado traerlos detrás, pero ahorrativo al 100 por 100to.
5) Las precauciones que hay que tener al seguir estos consejos son básicamente los siguientes puntos:
+ Sí existen líneas aéreas, sobre todo las de bajo costo, que pesan el equipaje de mano previo a entrar al avión. Es completamente a propósito para cobrar más. Si es el caso, a abrir la maleta de mano y vestirse con capas de ropa (en la de mano siempre hay que llevar cosas que nos podamos poner encima, como camisas o bufandas, pero nunca zapatos).
+ La valija que llevamos en el avión puede ser ligeramente más grande, pero si es un poco más que ligeramente (más de 5 centímetros) puede ser que no se la lleven al almacén... y entonces tampoco cabrá en los compartimientos superiores. Y qué vergüenza que pase.
+ Siempre se puede negociar, hablando bien y sin exigir, con las personas de los mostradores por un kilo o dos. Pero no más. Excusas... ejém... razones que pueden ser válidas son un viaje muy largo o una emergencia familiar.
Siempre es bueno hablar antes a la aerolínea, ya que los pesos y medidas pueden tener un poco de variaciones. Pero con eso y estas medidas, uno volará con casi 50 kilos de peso (claro que llevará 30 en las espaldas, pero todo sea por la economía).
Buen viaje.
Del cine mexicano, al product placement barato
Lloré sangre. Es un hecho. No es que sólo los diálogos hayan sido malos, o que las actuaciones telenovelescas. No es la simple película que dices... "aaah está mala, pero palomera". No. Me atrevo a decir que Volverte a Ver es la peor película que he visto (eso que entré gratis al cine, y hasta los dulces me salieron a mitad de precio). No es que sea yo muy artístico, pero ni las amigas de mi hermana cursi la encontraron pasable.
La primera razón es que cada 5 o 10 minutos, había una especie de lapso musical, en el que la trama se pone entre paréntesis para dejar entrar una canción (a veces completa) con imágenes que intentaban ser oníricas, o algo así. Tiene mucho relleno inútil, sin trama, para cubrir minutos que evitaran que se volviera un mediometraje.
Los actores sé que no son del todo malos. Pero a Ximena Herrera la pusieron a posar más que a actuar y el muchachito de RBD no tiene mucho que decir. Una escena o dos que son fuertes y ya. Creo que creyeron que el simple sex-appeal de los muchachos funcionaría, pero no es suficiente ni como para hacer un poster. Lo demás es lento y plano. Planísimo. Hasta los créditos de entrada que duran como 20 minutos.
Por otra parte está contada como si el guión lo hubiera escrito alguien con dislexia. Si yo fuera Carlos Muciño, Alfredo Harp y Christopher Hool no hubiera puesto mi nombre en el crédito (porque espero realmente que no haya quedado como la escribieron). Las historias a veces dejan de hacer sentido, es confusa la confusión que tienen los personajes principales y no hay nada que te tenga en suspenso. Es más, pasan tan poquitas cosas que ni puedo enumerarlas. Además está el hecho de que hay algunos personajes que desaparecen o aparecen sin razón aparente, como la amante oriental, una chava con la que se besa en un antro el personaje princial, la modelo que va con el amigo a un concierto o Aleks Syntek (que parece que estaba de visita en el set y por eso lo metieron a fuerza a una escena sin sentido en la trama).
También aparece Motel (¿por qué no?). Y es tan sutil que la escena trata de que están en un concierto de Motel (y para que quede claro quiénes son los que cantan hay una persona en el público con una pancarta que dice "Motel en el DF"). Luego no pasa nada con Motel ni nada extra. Sólo hubo un concierto al que ninguno de los dos personajes principales va, va el amigo secundario, pero sin ninguna de las mujeres que importan en la trama.
Tengo que señalar, hablando del amigo, que realmente es una actuación teatral la que se hecha. Con caras que van del rango de Tin Tan a Ace Ventura pasando por Cepillín. Da algo de miedo.
La otra actriz que llena los niveles con sus gritos es la ¿secretaria? del personaje principal. Quien comparte la escuela del muchacho.
Pero lo que más odié, es la publicidad DENTRO de la película. Desde una caja de Dominos Pizza con varios close-ups, pasando por una tienda de Móbica a la que entra un monito a... hablar por celular (¿qué rayos?), completándose con un super close up a un celular que dice Nextel, con muchas, muchas muchísimas Macs y iPhones, un desodorante que es "el arma secreta" según uno de los personajes (y es marca Axe), con Exa FM como la estación que usa la muchacha principal para dar un programa malísimo de semi poesía en prosa (quien tiene como tres trabajos, es productiva ella), y culminando con unos 5 minutos de técnicamente ver la tele con Pepillo Origel en La Oreja (literal ponen una tele en la sala de juntas y ahí se está sintonizando el programa, como en todas las agencias que tienen una tele en su sala de juntas).
No cabe duda que igual y sin patrocinadores no hubiera existido esta película, pero creo que se pasaron mucho, mucho, mucho de la raya. Es como para nunca ver. O como para llorar sangre